The Empire strikes back: Alemania reemerge

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El 25 de Enero de 2015 Alexis Tsipras, el carismático líder parlamentario de la Coalición de la Izquierda Radical -SYRIZA-, se alzó con una aplastante victoria en las elecciones legislativas de Grecia. Su plataforma electoral se basó en la promesa de finalizar los masivamente impopulares planes estructurales de ajuste económico aplicados desde 2010. Los mismos fueron exigidos por la denostada Troika –el conjunto del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea– como condiciones para recibir rescates financieros.

Sin embargo, la estridente retórica de Tsipras tuvo una breve duración y colisionó con la dura realidad de la dinámica política de la Unión Europea.
El 19 de Febrero de 2015, la propuesta helénica de un nuevo plan de rescate bajo condiciones radicalmente distintas a las existentes fue rechazada inmediatamente por Alemania. Al día siguiente, después de sesiones maratónicas entre los ministros de economía de la Eurozona, Grecia no tuvo más opción que reivindicar los compromisos previamente asumidos en 2012. No hubo espacio para las concesiones ni para los imperativos nacionalistas. No hubo otra opción más que aceptar el mandato de austeridad presupuestaria y equilibrio fiscal demandados asiduamente por Berlín.
Este episodio se consagra como un nuevo capítulo de la saga de la crisis griega y finaliza de modo análogo a los anteriores: Alemania vuelve a imponer sus preferencias y criterio en la construcción de respuestas colectivas a la debacle económica que atraviesa al continente.
La saga comenzó a principios de 2010, cuando los temores sísmicos de un posible default helénico se expandían por la UE y el resto del mundo. Frente a tal escenario, Berlín logró incluir sus preferencias en las condiciones para acordar un rescate financiero. De ese modo se aseguró la participación del FMI en el programa y demandó profundas reformas laborales, privatizaciones de activos estatales griegos y una reducción del gasto público que conduzca al equilibrio presupuestario. “El resultado fue percibido como un triunfo para una obviamente más auto-interesada Alemania” (Bulmer & Paterson, 2010: 1070).
Una profunda impopularidad caracterizaron a las políticas de austeridad en el plano doméstico griego. Fueron señaladas como las responsables de la extensión en el tiempo de la recesión económica que generó un descenso del 25% del PBI entre 2010 y 2014 y una tasa general de desempleo que superó el 27%. A pesar de tan funestos resultados e inclusive luego de varias críticas por parte de la OCDE, la Comisión Europea e incluso el FMI, Alemania no flexibilizó a su postura al respecto. (Armitstead, 2011).
Durante la elaboración del segundo plan de rescate –pactado finalmente en Febrero de 2012–, la impronta de austeridad continuó caracterizando a las condiciones solicitadas. Se añadieron a la agenda la flexibilización laboral y el combate a la corrupción gubernamental. Entre disturbios y revueltas populares, el gobierno griego intentó ejecutar un referéndum previo a la aprobación parlamentaria de las condiciones necesarias para activar el segundo rescate. Sin embargo, frente a la presión de Alemania y Francia, la decisión tuvo que ser retractada apenas dos días después de su anuncio. (Donadio & Kitsantonis, 2011).
Estos episodios reflejan la dinámica de las respuestas colectivas erigidas para enfrentar la crisis de la República Helénica y denotan una dimensión clave del funcionamiento de la Unión Europea desde la irrupción de la Gran Recesión: la preeminencia de la República Federal de Alemania en la asociación de veintiocho Estados y la admisión de sus preferencias e intereses a nivel supranacional.
En el curso de unos pocos años, la potencia germana abandonó la caracterización de “poder domesticado” (Crawford, 1998) con la que había sido calificada durante las décadas de 1990 y 2000 para “protagonizar una especie de ‘momento unipolar’ al interior de la Eurozona: ninguna solución a la crisis era posible sin Alemania o en contra de Alemania” (Guérot & Leonard, 2011: 1).
Expuesto en otros términos, se sostiene que Alemania ha consagrado una posición de preeminencia económica estructural al interior de la Unión Europea –específicamente en la Eurozona- a partir de los efectos que trajo aparejados el desarrollo de la crisis, lo cual le permite influir en forma más directa sobre decisiones que afectan el conjunto de la entidad. Tal fenómeno es producto de la profundización progresiva de las divergencias estructurales entre las capacidades materiales –particularmente económicas y financieras- de Alemania en comparación al resto de los Estados miembros.
A fin de demostrar tal hipótesis se procederá a realizar una comparación temporal de las principales variables económicas de las cuatro mayores economías de la Eurozona, es decir, Alemania, Francia, España e Italia. Estos cuatro Estados representan el 77% del PBI de la Zona Euro, poseen en conjunto el 75% de su población, representan el 45% total de las exportaciones e importaciones de la UE (EuroStat, 2015) y son indiscutidos poderes regionales (Buzan, 2004).

El surgimiento del Zentralmacht europeo

GRÁFICO 1
Alemania es la economía más grande de la Unión Europea, concentrando alrededor de un 20% del PBI de la organización. En consonancia, representa casi un tercio del Producto Bruto Interno de la Eurozona, una cifra que –a fin de facilitar su dimensión- es incluso mayor a la totalidad de las economías de los quince Estados que utilizan la moneda única sin adicionar a Francia, Italia y España.
GRÁFICO 2
Durante la primera mitad de la década pasada, las tasas de crecimiento alemanas se alineaban al promedio europeo. En 2009, debido a la repentina irrupción de la crisis económica global, el PBI alemán fue el más afectado de entre las cuatro grandes economías de la organización con un descenso del 5,6%. A pesar de tal resultado, Alemania experimentó la mejor performance en los años post-crisis, con un crecimiento del 18,2% desde 2010 a 2014. Es partir de la recuperación de su economía nacional que las divergencias se comenzaron a tornar más notables con respecto al resto de sus pares europeos.
Por su parte, Alemania es el gran coloso exportador de no sólo la Eurozona, sino la totalidad de la UE. Con ventas por un valor total de €1,1 billones anuales, es el tercer mayor exportador mundial de bienes del planeta (Central Intelligence Agency, 2015) y supera en más del doble al Reino Unido, el segundo mayor exportador de todo el continente. La performance en esta categoría específica –un crecimiento en las ventas externas del 40% entre 2005 y 2013- es la que refleja de modo más prominente las divergencias económicas estructurales entre Berlín y el resto de los Estados parte de la organización.

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El poderoso motor exportador alemán viene mostrando un crecimiento formidable desde la década de 1960 (Bulmer & Paterson, 2010) y ha experimentado una notable maximización gracias a la introducción del Euro entre 1999 y 2002, lo que redujo el costo de las transacciones intra-europeas y tornó a los bienes alemanes de alta calidad relativamente más baratos.
En tal sentido, los resultados de la balanza comercial son contundentes. Mientras Alemania logró mantener un cuantioso superávit mayor a €138.000 millones incluso durante su entrada en recesión en 2009, las otras tres grandes economías de la Zona Euro reportaron abultados déficits. Entre 2005 a 2014, Alemania acumuló fondos por un total de €1,52 billones, es decir, un promedio de €169.160 millones por año y el 54% de su PBI en 2013. En claro contraste, Francia reportó pérdidas acumuladas por €558.401, Italia por €73.731 y España por €565.910 durante el mismo período.

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Esta asimetría toma especial relevancia si se considera que el proyecto de la Unión Europea se basa en la instauración de un mercado común en el cual se desmantelaron las barreras al movimiento de bienes, servicios y capitales. La fortaleza comercial alemana ha sustentado déficits estructurales en otras naciones europeas, principalmente las menos desarrolladas y tal fenómeno contribuyó a la extensión temporal de la recesión en toda la región (Krugman, 2011).
Finalmente, una tercera dimensión posiciona a Alemania en las antípodas de la experiencia del resto de los países de la Eurozona: la reducción pronunciada de la tasa general de desempleo. Desde el comienzo de la Gran Recesión, el número de desempleados en los países integrantes del régimen monetario se disparó hasta un tenebroso 11,6%. Los índices más extraordinarios fueron los de Grecia (27,5%) y España (26,1%).

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La potencia germana, en cambio, experimentó lo que algunos expertos denominan un “milagro” en el mercado laboral (Burda & Hund, 2011): un mínimo incremento del desempleo durante el descenso del PBI nacional en 2009 y una notable reducción del mismo en los años de la recuperación económica. En 2005 la tasa era del 11,2%, la más alta entre las cuatro mayores economías de la organización monetaria. Para 2014 la misma se redujo progresivamente hasta la mitad, logrando descender hasta el 5%.
La formidable producción de empleos y el firme crecimiento económico en el período 2010-2014 sustentaron una moderación de las demandas domésticas, lo cual posibilitó que el gobierno federal ostente un mayor margen de maniobra para hacer uso de fondos gubernamentales. Los mismos se invirtieron en la ejecución de los planes de rescate de varios Estados europeos y en la construcción de entidades financieras a nivel supranacional como el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y el Mecanismo Europeo de Estabilidad.
¿Hacia la hegemonía regional alemana?
Al tener en cuenta el cotejamiento de variables macroeconómicas entre los cinco poderes regionales, es posible vislumbrar la comprobación de la hipótesis señalada: Alemania ha consagrado una posición de preeminencia económica estructural al interior de la Eurozona por sobre cualquier otro Estado miembro. Tal fenómeno se produjo debido a los efectos de la crisis: ésta ha erosionado en forma más pronunciada las posiciones estructurales del resto de los poderes regionales en comparación a Alemania. En definitiva, la debacle ha producido una maximización de la brecha existente entre la economía germana con respecto al resto de sus socios comerciales y tal asimetría le permite a Berlín influir en forma más directa sobre decisiones que afectan al conjunto de la organización.
En tal sentido, el coloso regional ha logrado elevar sus intereses a nivel supranacional y ejercer influencia sobre las políticas macroeconómicas regionales sin concederle a ésta u otros Estados una “voz” de igual peso (Paterson, 2011).
“Se puede decir que Alemania pudo entonces dominar las economías europeas por la mera virtud de su poder ‘estructural’ e ‘involuntario’, así como por el hecho de que ha moldeado las grandes decisiones en la Unión a través de su poder constitutivo” (Le Gloannec, 2011: 9). En tal sentido, la potencia ha utilizado una estrategia de “hard-bargaining” (Bulmer & Paterson, 2010) gracias al uso “involuntario” de su poder estructural basado en capacidades materiales económicas (Le Gloannec, 2011).
Como reflejo de tal dinámica, el formato que adoptaron los rescates para Grecia respondió a las preferencias de un actor que logró imponer reglas. “Las elites alemanas tienden a ver al modelo económico y monetario alemán como la única solución para superar la crisis del euro” (Guerot & Leonard, 2011: 2).
A partir del hecho de que los ciudadanos alemanes se vieron afectados en menor medida por la recesión, las elites gobernantes lograron inmiscuirse de modo más profundo en asuntos de índole externa. Por su parte, una Europa sumida en la mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial demandó un mayor activismo por parte de la mayor economía regional, lo que legitimó a nivel supranacional el amplio margen de maniobra germano a los fines de resolver la crisis y evitar la disrupción de la Eurozona y de la propia Unión.
En conclusión, la crisis económica y financiera global ha generado cambios importantes en la estructura de poder europea, con Alemania asumiendo una preeminencia de amplio alcance. ¿Será la preeminencia señalada la base a la construcción de una posición de hegemonía en Europa? ¿Protagonizará Alemania un “momento unipolar” en la región? Los pronósticos son variables pero comparten una similar impresión. Por el momento el consenso coincide invariablemente con lo señalado por Margaret Thatcher durante la reunificación de 1989: “We beat the Germans twice, and now they’re back”. (Volkery, 2009)
Bibliografía
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http://www.spiegel.de/international/europe/the-iron-lady-s-views-on-german-reunification-the-germans-are-back-a-648364.html

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