Las élites ¿En jaque?

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Si bien ni la extrema derecha en Europa, ni la irrupción de outsiders en la arena política de Estados Unidos son un fenómeno nuevo; el resurgir de ambos fenómenos suscitó una gran atención por parte de los analistas. Su reemergencia ha sido comprendida en el marco de procesos subyacentes. Tales como la caída de la clase media, la xenofobia, los efectos de la globalización, el terrorismo, la desconfianza en las instituciones, la creciente desigualdad, el anti-europeísmo, los sentimientos soberanistas y el anti-elitismo. En el presente artículo, será el anti-elitismo el factor a analizar.

 

Puede afirmarse que la posición estructural de las élites europeas y estadounidenses no había presenciado un desafío similar desde los años de la posguerra. Y el único antecedente comparable podría ser la revuelta generacional de los años sesenta. Sin embargo, aquella revuelta no logró canalizar la protesta popular en una expresión político-partidaria significativa. Por el contrario, hoy parecería que sí. 

 

El discurso de los candidatos que irrumpieron en la escena política de Europa y Estados Unidos se ha centrado en la posición dominante de las élites -sea representada como “Washington” o “Bruselas”-, cuyos roles han sido visibilizados y desafiados. A pesar de sus divergencias, Trump (Estados Unidos), Le Pen (Francia), Wilders (Holanda), Johnson (Gran Bretaña), Iglesias (España), Petry (Alemania), Sanders (Estados Unidos) y otros más, coinciden en señalar que las élites – ya sean nacionales o globales- poseen una gran influencia y poder.

 

Frente a la popularidad de estos políticos y la manifestación de un creciente desacuerdo con las recetas del “establishment”, ha predominado en los círculos académicos y de toma de decisión una postura que menosprecia el rol del “ciudadano común” en decisiones políticas relevantes, resaltando que la complejidad de los asuntos políticos necesita del conocimiento experto. Tal como ha señalado Francis Fukuyama, el mote “populismo” ha sido el denominador común utilizado por las élites para rotular peyorativamente políticas apoyadas por los ciudadanos de a pie a las que ellas se oponen.

 

Esta postura deriva en parte de la propia lógica de la democracia representativa, que implica la representación de las preferencias individuales en manos de políticos responsables e informados. Recordemos que, según Madison, para ampliar y refinar la visión del pueblo es necesario mediar sus preferencias a través de un “cuerpo electo de representantes”; quienes con su sabiduría podrán discernir mejor el verdadero interés de su país. No obstante, debemos tener en cuenta que -como resaltó el mismo Fukuyama- los electores en una democracia no siempre eligen sabiamente.  Pero, al mismo tiempo, las élites tampoco son perfectas.

 

En Estados Unidos, la revuelta actual puede vincularse con el retorno de la cosmovisión populista “Jacksoniana”. Como indicó Walter Russell Mead, el surgimiento y auge del Tea Party ya había hecho visible la reemergencia de esta tendencia cultural histórica. Este movimiento, iniciado por el entonces Presidente Andrew Jackson (1829-1837), es marcadamente anti-establishment y sostiene la idea que las verdades políticas pueden ser aprehendidas por el ciudadano común. Su efecto ha sido la profundización del malestar que pesa sobre los decisores de la política norteamericana, y en particular con la llamada “foreign policy elite”. La canalización y consolidación de estas energías dentro de la candidatura de Donald Trump ha conllevado la producción de una gran cantidad de artículos especializados, que reflejan la desesperación de ciertos expertos ante posicionamientos que están a las antípodas de lo sostenido por el establishment.

 

Debe recalcarse que la ruptura con postulados sagrados de las élites se da en ambos continentes. En Estados Unidos, la disrupción se manifiesta sobre todo en las posturas de Trump al respecto de los aliados internacionales – sosteniendo la necesidad de una revisión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) – y la política de libre comercio de su país. Ambas políticas gozaban de un consenso bipartidario de más de cuatro décadas. Por otro lado en la UE, el quiebre tienen que ver con la pérdida del cosmopolitismo que caracterizó al proyecto de integración desde sus cimientos. Esta crítica identitaria se expresa en posiciones concretas de los partidos “populistas”, en su discurso soberanista, política económica proteccionista -opuesta al liberalismo económico- y posicionamiento anti-inmigración -que rechaza el multiculturalismo y viola normativas humanitarias internacionales acordadas por la UE-.

 

Las críticas de Trump al accionar internacional de Estados Unidos, encuentran sustento en porciones significativas del electorado norteamericano. A pesar que los expertos coinciden en que Estados Unidos debe continuar jugando un papel predominante a nivel global, un 57% de los estadounidenses -11 puntos más que en el 2010- consideran que su país debe lidiar con sus propios problemas y dejar que los otros se enfrenten a los suyos. Sin embargo, es importante señalar que sólo un 25% de los mismos tiene una visión negativa de la OTAN.

 

En línea con lo que arrojan esas encuestas, Trump sostiene la necesidad de dejar de apoyar incondicionalmente a los aliados de los Estados Unidos, debido al declive que experimenta su país. En este punto su pensamiento es apoyado por un 46% de los norteamericanos, quienes consideran que Estados Unidos es menos importante y poderoso que hace diez años -récord histórico en los años recientes-. Con respecto a las opiniones sobre el efecto del comercio global, una minoría considerable de 39% afirma que su efecto ha sido negativo para el país (Pew Research Center, 2016).

 

Dentro de la UE también predomina una mirada introspectiva. En promedio un 56% de la población considera que la unión debe priorizar resolver sus propios problemas antes que los de los otros. Igualmente, a pesar que se ha gastado mucha tinta al respecto de la “crisis de la UE”, los ciudadanos europeos parecen más bien cuestionar las decisiones y la falta de rendición de cuentas de la burocracia europea que la propia existencia de la unión.

 

 

Aunque un 42% de los europeos consideran que deben devolverse competencias a sus respectivos gobiernos nacionales y, al mismo tiempo, haya caído la visión positiva de la UE; esto no expresa un descontento con la integración europea per se, sino que es ante todo una señal de la deteriorada percepción de su gestión, afectada significativamente por el mal manejo de la política migratoria y económica de la UE (Pew Research Center, 2016).

 

De hecho, una abrumadora mayoría de los europeos (74%) pretende que la Unión expanda su rol internacional en los años venideros (Pew Research Center, 2016). Más aún, pese a que la UE presenta un síndrome crónico por el cual la mayoría de sus ciudadanos considera que su voz “no cuenta” en Europa, la desconfianza sobre la Unión se ha mantenido históricamente en un nivel inferior a la que se tiene sobre sus propios gobiernos (Eurobarómetro, 2015).

 

El rol de las élites en la política no sólo está siendo disputado por políticos “populistas” sino que su palabra está siendo incluso desestimada por una parte de la población que, hastiada de las deliberaciones y errores de los expertos, parecen juzgar que su saber no se correlaciona con las percepciones y vivencias del “ciudadano común”. El Brexit es un claro ejemplo de ello.

 

Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, un 55% de los norteamericanos consideraron a fines del año pasado que el “americano promedio” haría un mejor trabajo a la hora de resolver los problemas nacionales que la administración vigente. A esta situación se agrega la desconfianza de la población con respecto a los intereses de las élites gobernantes. Un 74% de los estadounidenses manifestaron que la mayoría de los funcionarios electos ponen sus propios intereses por encima de los de su país (Pew Research Center, 2015).

 

El descontento de los estadounidenses se manifiesta claramente en el deseo de reformar su estructura gubernamental. El 59% de la población opinó que el gobierno federal necesita atravesar una reforma “muy importante” -22 puntos más que lo expresado en 1997-. Los ciudadanos identificados con el partido demócrata están a favor de un mayor rol del gobierno, mientras que los republicanos postulan un menor rol del mismo (Pew Research Center, 2015). Sin embargo, esas diferencias parecen depender de cómo se evalúa la eficacia gubernamental. Por ello, en el fondo, a pesar de la existencia de una minoría de electores con fuertes posturas xenófobas y anti-estatales, no se debe desdeñar el hecho de que un sector considerable de los estadounidenses que votarán a Tump lo harán para descargan su enojo y frustración por la falta de una administración eficaz que mejore sus estándares de vida.

 

Recapitulando, podemos concluir que la situación actual nos ofrece un dilema. Las propuestas de Trump y de los partidos europeos de extrema derecha pecan en ofrecer soluciones simplistas a temas complejos, que de tener impacto en las políticas gubernamentales, probablemente agravarán las dificultades presentes. Pero también debe resaltarse la otra cara del problema. Las élites -políticas y económicas- y los expertos del “establishment” no han impulsado las acciones necesarias para impedir que se dé el caldo de cultivo perfecto para que broten Trump, Le Pen, Wilders, Johnson, Farage y Petry; quienes pudieron usufructuar el desencanto ciudadano con las élites y de sus políticas. Como Stephen Walt ha argumentado, tanto en Estados Unidos como en la UE las élites han acumulado errores y han salido impunes de ello -y no así la población-, beneficiándose producto una rendición de cuentas que – en el mejor de los casos – es limitada.

 

¿Hasta dónde llegará esta revuelta? La auto-implosión que ha sufrido Trump en las últimas semanas y la falta de un plan de acción de los orquestadores del Brexit parece dar un respiro a las élites. No obstante, los gobernantes europeos y estadounidenses deben actuar decisivamente. No sólo ante problemas puntuales. Sino realizando reformas que legitimen su accionar de cara a la ciudadanía. De esta manera, no sólo se disminuirán las simpatías a candidatos demagógicos sino que se establecerán bases más sustentables de gobernanza.

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