El largo camino a la Cumbre de París

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Debido a la repercusión de la agenda ambiental internacional dentro de la política global, una parte importante de la legitimidad del sistema de las Naciones Unidas se va a ver expuesta en la cumbre de París sobre el cambio climático a celebrarse en diciembre de este año.

A partir de los años setenta han proliferado diferentes cumbres climáticas internacionales en el marco de las Naciones Unidas. Dentro de las mismas, ha sido la negociación para la reducción de las emisiones de efecto invernadero el asunto que más preponderancia cobró en la agenda internacional. Los expertos han alertado progresivamente sobre la necesidad de tomar cartas en este asunto lo más rápido posible. Sin embargo, los resultados alcanzados por la cooperación del Sistema Internacional de Estados han sido, como poco, insuficientes.

Es necesario preguntarnos: ¿Cómo hemos llegado a esta situación? En mi consideración es un error recurrente el analizar los problemas teniendo sólo en cuenta la coyuntura presente de los mismos. Hay que considerar que, tal como una vez dijo el ensayista británico Thomas Carlyle, “el presente es la viviente suma total del pasado”. Por ello, si bien se puede aseverar con bastante precisión que el origen del calentamiento global se halla en las formas productivas iniciadas mediante la Revolución Industrial, la ‘explicación economicista’ no puede dar cuenta por ella misma de un proceso marcadamente multicausal. Pese a que la falta de competitividad de las energías verdes – en conjunto con las dificultades que impone la falta de disponibilidad continua de la energía solar y eólica – ha impedido una solución inmediata vía innovación, han existido una gran cantidad de variables políticas que han fomentado el inmovilismo en el asunto.

Entre ellas, la más importante podríamos asignarla a la competencia entre el Norte y el Sur, o más bien entre países desarrollados y en desarrollo. Los primeros han estado poco dispuestos a blanquear y hacerse responsables por su mayor responsabilidad histórica respecto de las emisiones de gases de efecto invernadero, principal causa del calentamiento global. Desde los conflictos iniciales de la década del setenta los desacuerdos respecto a la distribución de las responsabilidades han bloqueado la mayoría de las negociaciones en las cumbres ambientales.

Otra causa relevante en mi criterio ha sido la necesidad de crecimiento económico por parte de los gobiernos. Este crecimiento en forma continua ha sido visto, tal como afirma el Instituto de Estudios sobre el Crecimiento alemán, como un urgente objetivo para cualquier gobierno que quiera seguir siéndolo en un futuro. La transformación de la matriz energética global constituye en este sentido una importante limitación, sobre todo debido a la acción estatal de recurrir a los combustibles sucios para sostener el crecimiento. La necesidad de sostener la legitimidad gubernamental, la cual atraviesa sobre todo a los países emergentes, potencia este problema. Por ejemplo, en el caso de China, el crecimiento económico sostenido es vital para el Partido Comunista Chino para lograr evitar pretensiones democratizadoras. Además de la necesidad de los Estados de mantener la legitimidad interna en relación a la población local, estos también han sido condicionados debido a la necesidad de mantener el apoyo de los grupos económicos concentrados.

Por otro lado, la proliferación de nuevos actores a nivel mundial, sobre todo la mayor influencia de los países emergentes, ha implicado que una cantidad mayor de actores posean un poder significativo, por lo que ha sido más difícil generar acciones colectivas y hacer que las instituciones internacionales funcionen eficientemente. Esta nueva realidad ha entrado en contradicción con las formas del multilateralismo tradicional, signado por los principios de la soberanía westfaliana – soberanía nacional y no intervención-. Por lo tanto tenemos una paradoja, afrontamos un problema que por las medidas necesarias para remediarlo cuestiona la legitimidad de la construcción institucional histórica del sistema internacional, lo que genera dificultades en el proceso de interacción entre los Estados.

No debemos olvidar otros tres condicionantes. La Inversión Extranjera Directa – con su intensificación a partir de la década del ochenta – ha condicionado la acción de los países menos desarrollados, debido a su dependencia del mismo. Este proceso ha promovido el crecimiento y no el desarrollo en los mismos, con numerosas investigaciones que vinculan la IED y el deterioro ambiental. Además, los acuerdos comerciales de libre comercio han fomentado incentivos para no favorecer políticas ambientales que vayan a trasmano de las ventajas competitivas locales. Por último, debemos considerar las dinámicas de competición entre los grandes poderes a nivel mundial, ya que dependiendo de las medidas a acordar, se modificarían las normas y reglas productivas dentro de los Estados, pudiendo por ello afectar sus economías. Debido a que en el sistema internacional el poder político depende en última ratio del poder militar, y éste último del poder económico – recursos económicos a disposición del estado -, la acción de los great powers ha podido verse afectada debido a su percepción de que su poder militar puede verse afectado a largo plazo en función de las medidas acordadas, conllevando impactos en el balance de poder mundial.

Pese a este panorama desalentador y a los citados procesos que han fomentado el inmovilismo en el asunto, según mi postura se han dado determinados cambios que si bien no pronostican necesariamente un futuro optimista, sí muestran que la situación ha mejorado.

Para empezar, a largo plazo los impactos de la IED y de los acuerdos comerciales han sido ambiguos en sus efectos. Se ha corroborado que a largo plazo los primeros también han generado mejoras en las tecnologías de los países menos desarrollados, mientras que los segundos, a pesar de continuar teniendo un impacto negativo, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) han tendido progresivamente a incluir disposiciones ambientales en su consecución.

El avance de la soft law ambiental a nivel internacional muestra un avance de la inserción de la cuestión en el sistema internacional. María del Pilar Bueno, investigadora de la Universidad Nacional de Rosario, describe su avance desde la concepción de “desarrollo sustentable” elaborada por el informe Brundtland en 1987, la declaración de Río sobre el Medio Ambiente en 1992 – conformada por 27 principios que consolidaron la reciente generación de los principios que rigen el Derecho Ambiental Internacional -, la incorporación a un derecho a un ambiente saludable a casi todas las constituciones nacionales que fueron aprobadas o reformadas desde 1965 y en el 2008 los debates iniciados sobre la necesidad de generar nuevos indicadores dentro de lo que se llamó la “contabilidad ambiental” y la gobernanza ambiental. Al mismo tiempo, a pesar de que existieron y existen influencias a los medios por actores económicos y políticos, las cuales han dificultado el conocimiento fehaciente sobre el calentamiento global, se puede comprobar una progresión hacia el aumento de la atención pública aumentó la presión sobre los líderes mundiales, aumentando la presión local e internacional sobre los mismos. En este sentido, han tenido un rol muy importante los Actores No Tradicionales en el sistema internacional, como Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s), Ciudades y Empresas. Estos actores, tal como explica Bueno, han presionado para fomentar la conciencia ambiental e introducir el debate en lo más altos foros internacionales, logrando las ONG’s a través de sus alianzas introducir temas en la agenda internacional y también generando cumbres paralelas informales. También las empresas, a través del Pacto Global, y las ciudades más importantes, presionando la agenda doméstica, han colaborado en este proceso.

Debido a la gran relevancia y repercusión de la agenda ambiental internacional dentro de la política global, una parte importante de la legitimidad del sistema de las Naciones Unidas se va a ver expuesta en la cumbre de París a celebrarse este año. En la misma, los Estados se han comprometido a realizar contribuciones de reducción de emisiones voluntarias, con el objetivo de poder reducir el aumento de temperatura global desde la era preindustrial a 2°C.

Analizando las opiniones de expertos en el tema, se observa un consenso al respecto de que, las hasta ahora presentadas – las cuales constituyen más de la mitad de las emisiones totales –, muestran un salto cualitativo con respecto a los compromisos previos. Este contexto, sumado a cuestiones materiales como el avance de la competitividad de las energías renovables, presenta incentivos positivos para las negociaciones a desarrollarse en París.

A pesar de ello, un aspecto a tener en cuenta es que los planes de compromiso nacionales deberán incrementar sus niveles de sofisticación en el futuro, ya que los planes presentados aún no son suficientes para cumplir el objetivo de reducir el aumento de temperatura global a 2°C. El panorama actual muestra factible la concreción de un acuerdo global que marque el rumbo a sucesivos ajustes futuros.

Hay otros temas que acaparan la mirada en el plano internacional. Es cierto. Sin embargo es necesario recordar que lo urgente no debe soslayar a lo importante. Quizás los efectos inmediatos no sean dignos de conmocionar al mundo, pero a largo plazo, tal como afirmó el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, las consecuencias podrían ser catastróficas. Será fundamental que los Estados puedan establecer un marco de políticas consensuadas, y que los mismos no perpetúen los históricos incumplimientos de las acciones acordadas en las cumbres ambientales, para que de esta manera se puedan establecer expectativas compartidas sobre el comportamiento apropiado sobre el asunto.

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