El giro populista en los países centrales.

Alexis-Tsipras-lider-de-Syriza

Europa y los Estados Unidos, durante mucho tiempo dos grandes modelos del funcionamiento de la democracia liberal moderna, están actualmente atravesando un proceso de cambio en sus respectivos sistemas políticos debido a la emergencia de candidatos y partidos “populistas”.

 

 

En un comienzo, los despertares “populistas” en Europa fueron desestimados como poco relevantes tanto por políticos como académicos. En sus inicios tanto en Grecia (Syriza), España (Podemos), el Reino Unido (UKIP), Francia (Frente Nacional), los países nórdicos y Suiza estos fueron vistos predominantemente como casos atípicos de partidos “protesta” dentro de los posicionamientos partidarios predominantes en Europa, que no tardarían en desaparecer una vez recuperada la economía del continente.

 

 

Sin embargo, estos fenómenos políticos fueron progresivamente vistos por diversos analistas con importante preocupación. Pero lo que se puede ver dentro de los mismos con el correr del tiempo, es la tendencia hacia el predominio de los populismos conservadores.

 

 

Lo mismo puede aplicarse en Estados Unidos, tanto en el caso del candidato en las internas del Partido Republicano Donald Trump, como en el del senador socialista Bernie Sanders en las internas demócratas.  Ya es claro que en Estados Unidos Trump se ha consolidado como el front-runner en la carrera a la nominación del “Grand Old Party” (G.O.P.). Sanders, ya prácticamente sin chances de acceder a la nominación, ha sorprendido igualmente por su competitividad.

 

 

Por contraste, el cambio en el mapa partidario en Europa llegó para quedarse. Aunque estos nuevos partidos todavía están lejos de alcanzar el poder en la mayoría de los países, sí han afectado a las políticas actualmente en curso o modificado el tradicional juego partidista que se venía observando.

 

 

Este cambio se caracterizó por una combinación de procesos que han operado lentamente, y que en su interacción pudieron hacer progresivamente más factible la aparición de “X” suceso (candidatos o partidos populistas). Esos cambiantes procesos pueden no haber sido apreciados en toda su dimensión, y tampoco parece haber sido considerado el posible efecto que pudo haber tenido su combinación con un “factor exógeno” (Estado Islámico + crisis de refugiados) disruptivo.

 

 

La crisis de refugiados que disparó el conflicto en Siria y los atentados perpetrados por células del grupo extremista Estado Islámico (también conocido como “ISIS”), combinada con las dificultades económicas que venía atravesando la UE, contribuyeron a agravar discrepancias previas, y profundizaron el ya existente rechazo de una parte importante de la población europea a las transformaciones sociales causadas por la globalización.

 

 

Justamente, la presencia de estos nuevos factores tienen un efecto importante con las renovadas fuerzas que están tomando en la UE (Unión Europea) partidos en su mayoría derechistas y conservadores, algunos de ellos manifiestamente extremistas, que tienden a impugnar al establishment político nacional o el de Bruselas. La adherencia a partidos que toman esta posición es acompañada por gran cantidad de votantes que, como expresó la socióloga e investigadora de la Universidad de Turku (Finlandia) Mari K. Niemi, sienten que “el sistema no les defiende, no les representa”.

 

 

Pero además a ello hay que sumar otro factor. Al clivaje entre el Sur y el Norte que ya existía en Europa debe agregársele ahora uno entre el Este y el Oeste, ya que los países de Europa Oriental que hace pocos años se sumaron a la unión y que no tienen los mismos valores que la “Europa de la Ilustración”, rechazan (tal como describió Sylvie Kauffman en un artículo reciente del New York Times) la “imposición” por parte de Bruselas de un sistema político pluralista y cosmopolita al estilo de Europa Occidental, una imposición en la que se encontraría encuadrada la política de la Unión sobre distribución de refugiados.

 

 

Tanto en la UE como en Estados Unidos (en donde este proceso se ha acrecentado mucho más), la caída progresiva pero sostenida de la clase media se ha sumado al aumento de la desigualdad (sobre todo de su percepción) y a la ineficacia, o en algunos casos inexistencia, de medidas que apunten a revertir este fenómeno, para dar como resultado un creciente sentimiento de enojo o distanciamiento con la clase dirigente política actual.

 

 

Más aún, como se mencionó anteriormente, este clivaje anti-establishment ha sido acrecentado recientemente por las divisiones respecto a la política migratoria promovida por Berlín, que en Europa ha sido rechazada por diversas fuerzas políticas.

 

 

En Estados Unidos, la aparición y el impacto del mensaje de un outsider con un carisma de situación como Donald Trump han tenido mayor efecto en importantes sectores demográficos, en particular los segmentos de ingresos más bajos de la población blanca, cuyas preferencias habían sido “abandonadas” por una élite republicana cada vez más influenciada por los grandes donantes del partido y cada vez más comprometida con una línea política alejada de la realidad de sus bases electorales.

 

 

Este hecho ha sido estudiado en profundidad por los profesores de Harvard Theda Skocpol y Alexander Hertel-Fernandez, que comprueban el alto porcentaje de alineamiento entre la votación de los republicanos y las posiciones de la fundación Americans for Prosperity -think tank conservador creado por los multimillonarios hermanos Koch, grandes donantes del G.O.P.-.

 

 

Estas son algunas de las razones por las cuáles, contradiciendo todos los pronósticos de los últimos meses, Donald Trump todavía no ha caído en las internas republicanas. No es simplemente un político que profesa un discurso demagogo, populista y xenófobo, sino que su “éxito” implica también -aunque sea problemático y a muchos les cueste aceptarlo- la expresión de un sector importante del electorado estadounidense. Tanto los votantes de Trump como los de Sanders muestran un enojo importante hacia la cúpula de Washington.

 

 

Además, varios especialistas han recalcado el impacto de las estrategias rupturistas que el Partido Republicano ha fomentado en los últimos años, promoviendo un choque constante con la administración del presidente Barack Obama que ahora ha sido profundizado por Trump. Un ejemplo de ello han sido las constantes alusiones al presunto origen africano o musulmán de Obama, o el arrastre que la corriente conservadora del “Tea Party” tuvo sobre los Republicanos, con efectos puntuales como el shutdown gubernamental del año 2013.

 

 

Volviendo la mirada a Europa, es también cierto que el Frente Nacional (FN) de Marie Le Pen ha sumado fuerzas debido a una situación similar. Estudios muestran que el electorado obrero de las pequeñas ciudades, con empleos precarios o desempleados, que presentan un importante descontento por el progresivo deterioro de su situación económica -debido a las medidas de ajuste de Hollande- constituye uno de los principales apoyos electorales del FN.

 

 

Por otro lado y al igual que Trump, Le Pen ha sabido aprovechar al máximo las incertidumbres de una parte del electorado con respecto a la inmigración ilegal y, más recientemente, con respecto al ISIS y la fuerte ola de refugiados proveniente de Medio Oriente. La incertidumbre frente al miedo a una cultura que ciertos sectores consideran “opuesta” a los valores occidentales ha aumentado aún más con las oleadas de refugiados que llegan a Europa.

 

 

No nos quedemos sólo en los casos de Estados Unidos o Francia. Si bien según el país los partidos presentan características propias, también es cierto que en casi todos los países de la UE han surgido partidos de corte similar. Incluso en la moderada Alemania, la canciller Angela Merkel ha visto cuestionada su posición, enfrentado críticas de su partido por su posición tolerante hacia los migrantes, debido a que el partido euro-escéptico y anti-inmigración Alternativa por Alemania -que ha cosechado buenos resultados en las elecciones recientes- le está sacando votantes “por la derecha”.

 

 

En suma, tanto en la UE como en Estados Unidos hay un creciente sector del electorado que considera que las políticas sostenidas por las élites gobernantes o partidarias no los representan o benefician. Por ello, disminuye el apoyo a los partidos tradicionales, lo que –parafraseando lo dicho por el periodista de The Guardian Ulrich Speck sobre la existencia actual de líderes “globalistas” y “territorialistas”- parece indicar un reverdecer de fuerzas conservadoras que sostienen un territorialismo anclado en sus Estados-nación, opuesto a la cultura globalista e integracionista predominante en el mundo occidental.

 

 

Para finalizar, simplemente una aclaración. Este artículo no pretende necesariamente implantar una “mirada pesimista”, sino tan sólo recalcar cómo cambios externos a Occidente se han imbricado con tendencias estructurales propias de largo plazo, teniendo un impacto en el sistema político interno que afecta cada vez más la dinámica política de los denominados países centrales.

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