Crimea y su significado para Rusia.

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Los intereses nacionales se edifican “desde adentro” y de manera gradual. Las elites y a veces, el propio Estado, sobre todo, en el caso de Rusia, con una anémica o inexistente  sociedad civil, son quienes construyen los consensos domésticos necesarios, las identidades, sobre las que se asientan aquéllos. Al interior de las identidades, existen creencias, símbolos y mitos de especial influencia para los pueblos. Estos tienen relevancia aún para las fronteras y la geopolítica misma. Hay países que viven con inusitado interés, los momentos de ampliación o disgregación de sus territorios. Hay países que viven más o menos intensamente, siendo particularmente sensibles a todo cambio territorial. Rusia, a pesar -o gracias- a tener la superficie más grande del mundo, lo percibe así. En ese contexto, la Península de Crimea posee un particular magnetismo para coincidencia de la elite y buena parte del pueblo, rusos.

Durante siglos, sobre todo, en los tiempos antiguos, Crimea fue escenario de intensas pujas por su dominación, por parte del Gran Ducado de Lituania, la Confederación polaca-lituana, el khanato tártaro y Moscovia. Durante la modernidad, los Imperios Turco-Otomano, los Habsburgo y los Romanov, se disputaron su control. Finalmente, conquistada por los ejércitos rusos de Catalina La Grande a los turcos en el tramo final del siglo XVIII, estuvo bajo dominio imperial ruso, en los últimos dos siglos, aunque ni la historiografía zarista ni la bolchevique jamás presentaron a Crimea, como una unidad nacional homogénea.

Los tártaros reivindicaron el nombre de “Crimea” aunque con autonomía, tras la Revolución de Octubre, pero esto no fue bien recibido por el Comité Central del Partido Comunista de Moscú y ya en los años treinta, un 20 % de tártaros sobre una población de 200.000, fueron deportados a Siberia. El resto tampoco pudo evitar la nueva deportación de 1944, esta vez a las repúblicas centroasiáticas. Khruschov, en el marco de la desestalinización soviética, revirtió estas políticas, transfirió Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954 y favoreció el regreso de los tártaros, pero esta vez, éstos tuvieron que convivir con los nuevos habitantes, ruso-parlantes y ucranianos. En ocasión del fin de la URSS, Crimea siguió siendo parte de Ucrania, no obstante el status especial negociado de la Flota rusa del Mar Negro, estacionada en el legendario -para los sentimientos rusos- puerto de Sebastopol.

Los mencionados y la obsesión por el acceso a los mares cálidos; la Guerra de Crimea en el siglo XIX y el mito de Sebastopol, fueron marcando uno tras otro, hitos en la historia rusa, que se repiten por generaciones. Si bien, Yeltsin reconoció la independencia ucraniana, y con ella, la de la propia península, tanto Bielorrusia, Ucrania como Crimea,  para gran franja de la elite imperialista y civilizacionista rusa (parlamentarios, líderes opositores, algunos oficialistas, intelectuales, militares), integran el corazón o núcleo cultural ruso-eslavo, al estilo de Hawaii o Puerto Rico -y por qué no, Canadá-, para Estados Unidos de América.

Esto explica que uno de los efectos de la caída de Yanukovich, una consecuencia no deseada, es la eventual separación de Crimea. Es cierto que, en términos objetivos, habiendo más de la mitad de habitantes allí ruso-parlantes, desde los años noventa, han fracasado políticamente, los movimientos separatistas en la región. Pero en la actualidad, la extrema radicalización del Euromaidan, en términos nacionalistas ucranianos antirrusos, más el aliento político-militar desde Rusia, que podría ver así, plasmada su revancha por la disgregación de la ex hermana eslava, Yugoslavia, favorecida por la OTAN, puede conducir a una dinámica separatista.

Aun cuando pueda sentar un precedente peligroso para la propia Federación, incluyendo el capítulo Chechenia, la decisión del Parlamento crimeano y el referéndum del 16 de marzo, pueden desvincular relativamente a Putin y hacer recaer la responsabilidad de la separación, en el propio “demos” crimeano. Así, la UE y Estados Unidos, no podrían objetarlo de manera tajante, dejando a Ucrania, prácticamente semimutilada, con la potencial amenaza del sudeste que también podría apartarse de su territorio. Esta podría ser la peligrosa jugada del “ajedrecista” Putin y por ello, los próximos días serán claves para el desarrollo de los acontecimientos aunque resulta claro que sus fríos movimientos no dejan de sorprender a sus pares de Bruselas y Washington.

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