Conceptos básicos: geografía, geopolítica y geoestrategia

Partiendo de lo básico: ¿qué es la geografía?  

La geografía es la realidad física compuesta por diversos accidentes geográficos (montañas, ríos, deltas, etc.), cuyas características geológicas, generalmente, se mantienen a lo largo del tiempo. Esencialmente, los cambios sólo pueden ser vistos a la luz de milenios (como ocurre con la formación de cordilleras, océanos, etc.), y ello deja en claro que la geografía por si sóla no es un factor útil para incorporar a la planificación de la Política Exterior.

Geopolítica y geoestrategia

La geopolítica remite al factor humano dentro de la geografía, habla de la distribución de centros de consumo, de recursos, de líneas de comunicación, entre otras. Por lo tanto, comienza a ser una “variable”, en tanto la tecnología interactúa con la geografía y altera factores económicos, políticos y la importancia relativa de regiones. Claro está, los cambios no suelen verse en el corto plazo (entre 5 y 10 años). Ejemplos claros de cambios geopolíticos son los provocados por el Canal de Panamá y el de Suez, que alteraron drásticamente la importancia relativa de algunas latitudes. Sin ir más lejos, el Canal de Panamá significó la pérdida de influencia de Argentina en materia de comercio internacional (a lo cual se sumaron otros factores), al dejar de ser el país un paso comercial obligado. Yendo más atrás en la historia, el Estrecho de Malaca era irrelevante cuando predominaba la ruta del Istmo de Kra (bajo dominio de Funan, en el Sudeste Asiático); pero cuando la tecnología cambió, y también la posición de los Reinos dominantes (crecimiento de Srivijaya), se invirtió la relación.

suezpanamashortcuts

Fuente: The Geography of Transport Systems

También, más recientemente, la tecnología de los aviones jet, por ejemplo, promovió la creación de Brasilia, que al día de hoy es un hub nacional aeroportuario.

TAM rotas

Fuente: TAM

Yendo de lo general a lo particular, la geoestrategia baja más de nivel, y comienza a analizar cómo los imperativos de política exterior lidian con la “realidad” de la política exterior; es decir, ¿cuál es el eje de política exterior privilegiado?, considerando que el Estado tiene recursos escasos y no puede lograr la totalidad de sus intereses (políticos y militares) de política exterior. La política estadounidense en Medio Oriente y Asia es muestra de ello; EEUU es la primera economía mundial, sus FFAA tienen alcance global y el presupuesto más alto en el mundo, y sin embargo obtiene resultados “subóptimos”.

También agrega Grygiel, que la posición geográfica impone límites a las políticas de los Estados, en tanto no es lo mismo tener salida al mar o no, y no es lo mismo estar cerca de una ruta estratégica que no estarlo. Un caso claro de esto es el de la ASEAN, ¿podría ser un caso exitoso de integración si no fuera porque todos los Estados con impacto sistémico necesitan que el Estrecho de Malaca esté en una zona de paz?.

Asimismo, para la geoestrategia resulta importante la variable política, porque considera posible que haya un cambio de concepción estratégica por parte de los decisores sin mediar presiones internacionales sobre ellos -como el cambio de China respecto a los viajes transocéanicos a mediados del 1500-.

Entonces, la geoestrategia es una interpretación y una respuesta a la geopolítica, pero no está determinada por ella. La conclusión a la que llega Grygiel, no obstante, es que la desconexión entre la geoestrategia y la geopolítica suele tener un correlato claro: el Estado entra en una era de decadencia porque deja de orientar su política en consonancia con las principales rutas de comercio y centros de recursos.

En síntesis

Es importante tener en cuenta que los Estados tienen “imperativos de política exterior” cuasi estáticos, ya que las zonas de interés marítimas y terrestres (geografía), o mercados que revisten de importancia (geopolítica), no mutan rápidamente. Las cadenas montañosas y los cuerpos de agua estarán allí luego de milenios y los vecinos difícilmente cambien en el lapso de un gobierno democrático (5 a 10 años, aproximadamente); por otra parte, los cambios en los centros de consumo y rutas estratégicas tampoco suelen darse en tiempos menores a 15 o 20 años -aunque es verdad que los tiempos se acortan dado el avance de las nuevas tecnologías-.

Todo ello no invalida que los países puedan, por factores internos, descartar e ignorar la existencia de los “imperativos de política exterior”. En palabras de Grygiel, cuando eso ocurre, se desconecta la geopolítica de la geoestrategia; y nos recuerda que la decadencia del Estado suele ser la consecuencia lógica a la desconexión.  

El siglo XXI implicará cambios en lo que se entiende por soberanía, ya que probablemente se refuerce el hecho de que quién domina la tecnología para “mapear,  explorar y explotar” regiones, será el que de facto tendrá la competencia sobre las mismas. El Estado podrá retener su soberanía formal, pero en la práctica (lo cual se vincula al pago o no de royalties y a la capacidad de establecer políticas sobre recursos naturales u otros), las zonas en cuestión pertenecerán al Estado o empresa que lo explote (ejemplo visto en los fondos oceánicos y el petróleo, especialmente el no-convencional).

La Argentina tiene varias regiones que resultan de interés para diversos actores, entonces, “retener la soberanía” en el siglo XXI será cada vez más importante, en un contexto de menor disponibilidad de recursos disponibles para la población mundial. La Antártida y el Atlántico Sur, sin duda, serán regiones sometidas a presiones.

Claramente es un tiempo para empezar a promover la coordinación de la geopolítica con la geoestrategia nacional, sin dejar que la coyuntura desvíe la atención de los decisores de los problemas de carácter estratégico que tiene el país.  

Back to Top