Arabia Saudita vs. Irán: El nuevo superclásico de Medio Oriente.

 El pasado 2 de enero, el reino saudí concretó la sentencia a muerte de 47 condenados que habían sido declarados culpables, de distintos cargos, tales como traición, sedición e incitación a la violencia. Entre los sentenciados se encontraba el clericó chiita Nimr al-Nimr; quien en la práctica era una suerte de represente de la minoría chiita en el reino.


El religioso había alcanzado popularidad gracias a su perfil crítico contra las autoridades saudíes; las cuales marginan y aplican draconianas leyes contra la minoría chiita en península. Se estima que los chiitas se constituyen entre el 10% y 15% de la población y se concentran en la Provincia Oriental.

 

 

Saudi-Eastern-Province

El camino a la ejecución comenzó en 2011, cuando en el marco de “la primavera árabe”, Nimr al-Nimr ganó protagonismo al apoyar las protestas de los chiitas en Arabia. Al año siguiente fue arrestado por la policía saudí, cuando las fuerzas de seguridad se encontraban aplastando revueltas chiitas. En 2014, fue encontrado culpable y sentenciado a muerte (aunque sin fecha). Y finalmente, el 2 de enero de 2016, fue ejecutado.


Téngase presente que Arabia Saudita, es considerado el “líder de los sunnitas”. Y es por eso que la noticia causó revuelo y desató enérgicas protestas en Irán – quien a su vez es visto como el líder de los chiitas -. En esa dirección, tanto funcionarios como la sociedad iraní expresaron su repudio. Y, al mejor estilo “Argo”, las masas se movilizaron contra la Embajada saudí en Teherán. Aunque en esta oportunidad la policía iraní evito desmanes, la tensión escaló lo suficiente como para que Riyadh rompa relaciones diplomáticas con Irán.

 

 

protestas contra la embajada


Por su parte Arabia Saudita, entiende que ejecución del clericó chiita se justifica en dos actos inaceptables que habría cometió: En primer lugar, haber incentivado la identidad chiita en Arabia a través de las revueltas y rebeliones ocurridas en 2011-2012 y, en segundo lugar, haber promovido la lealtad hacia el régimen de Teherán.


Para Toby Jones, catedrático de la Universidad Rutgers, hay motivos más estructurales que empujaron la drástica decisión del gobierno saudí y tienen que ver con las distintas guerras “proxy” donde tienen injerencia. Especialmente, en la guerra civil yemení; donde una insurgencia chiita está rebelándose contra un gobierno sunita, apoyado por los saudíes. Para Jones, a Riyadh no le está yendo bien en dicha contienda. Y consecuentemente, percibe la necesidad de reforzar el compromiso y fervor ideológico/religioso tanto en su sociedad, como en el mundo suní. De esta forma, obtiene apoyo político y se le facilita la tarea de extraer y movilizar recursos para las distintas pujas de poder que el reino está sosteniendo.


En su libro “Useful Adversary: Grand Strategy, Domestic Mobilization, and Sino-American Conflict, 1947-1958”, Thomas Christensen desarrolla una teoría sobre cómo los Estados movilizan recursos (materiales, económicos, humanos, etc.) para sus objetivos de política exterior. La misma afirma que los Estados tienden a ideologizarse o exacerbar el nacionalismo en su política exterior, con tal de facilitar la extracción y movilización de recursos. En su caso de estudio, Christensen descubrió que el Departamento de Estado prefirió marginar y demonizar a Mao Zedong, aun cuando era el contendiente más fuerte a ganar la guerra civil china. Inclusive en 1949, cuando Mao triunfó y estableció la República Popular, EE.UU. continuó con su demonización. Para los estrategas en Washington, lo importante no era la relación con China sino el poder seguir extrayendo recursos para su naciente estrategia de contención contra la URSS. Para lo cual necesitaban “demonizar” cualquier atisbo de comunismo, aunque no sea el soviético.

 

 

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Aplicando la teoría de la movilización a Medio Oriente, puede entenderse que tanto Arabia Saudita como Irán tienen incentivos a la ideologización, exacerbación del nacionalismo o – como es más propio en la región – fundamentalismo religioso.


Arabia Saudita hace una simple cuenta y descubre que fomentar el fundamentalismo suní, le permite quedarse con la mayoría del Mundo Musulmán. Es decir, los saudíes saben que fomentando el clivaje suní-chiitas; van a quedarse siempre con el bando mayoritario mientras que los iraníes se quedarán en minoría. Otro incentivo que tienen las autoridades saudíes es que al desposeer un verdadero nacionalismo moderno (es decir, basado en el Estado Nación), no les queda otra que optar por la religión como aglutinante y elemento de lealtad.


El fundamentalismo o por lo menos la exacerbación, también es una opción para Irán. En primer lugar, el mismo gobierno iraní es hijo del fundamentalismo que tomó el poder en 1979. No por casualidad, el ascenso del Ayatollah Khomeini fue denominado la “Revolución Islámica”, Irán pasó a llamarse “República Islámica de Irán” y se estableció una teocracia. En segundo lugar, el radicalismo chiita es necesariamente una franquicia que Teherán se encuentra en óptimas condiciones de explotar. Es decir, ni Irak, ni Siria pueden ofrecer ayuda, dinero, armas o auspicio político a las minorías chiitas que deciden rebelarse (tal es el caso de los yemeníes).

 

 

 

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Por otra parte, cambios en el sistema internacional también favorecieron a la exacerbación o radicalismo. La caída de Saddam Hussein (2003) y el inicio de las “Primaveras Árabes” (2010), significaron la caída de líderes que gobernaron con mano de hierro y el surgimiento vacíos de poder. Y tanto Arabia como Irán pujaron y pujan por ocupar esos vacíos con gobiernos amigos. En ese sentido, Siria es un ejemplo. La antesala de la guerra civil comenzó con un sector de la sociedad que salió a las calles a reclamar cierta apertura política contra un régimen autoritario. Hasta ahí se trataba de una crisis que perfectamente se enmarcaba en las “Primaveras Árabes” de 2010 – 2011. Sin embargo en la medida que el conflicto escalaba, distintas facciones hacían su juego y tanto gobierno como oposición salieron a buscar apoyos. En una simetría similar a la Guerra Fría, las potencias regionales se lanzaron a auspiciar a sus aliados. Irán apoyando al gobierno de Bashar al-Assad y Arabia Saudita haciendo lo propio con los rebeldes sunitas, tales como el grupo Jabhat al-Nusra.


La teoría de la movilización de recursos pronostica que el límite para las políticas de los Estados, se encuentra en la tercera imagen; es decir, la presión del sistema internacional. En el presente caso, podemos apreciar dos variables:


En primer lugar, ninguno de los dos Estados se encuentra en condiciones de sostener los esfuerzos de una guerra. En el caso de Arabia Saudita, una contienda convencional podría llevar a una desestabilización interna producto del estallido de grupos insurgentes anti-monárquicos (no solo chiitas, sino también facciones sunitas contrarias a la familia Saudí). En cuanto a Irán, su economía y fuerzas armadas todavía no se reponen de años de sanciones y lanzarse a una guerra abierta podría también resultar el primer paso hacia una desestabilización interna.


En segundo lugar, ninguna Gran Potencia (ni EE.UU., ni Rusia, ni China) toleraría una nueva guerra en Medio Oriente. De estallar, se trataría de un conflicto que opacaría con creces la guerra civil siria, el desorden que significaron las “Primaveras Árabes” y agigantaría la crisis de los refugiados. “No me imagino en que mundo viviremos luego de habernos lanzado”, le había dicho Robert McNamara al Presidente Kenndy, si decidían atacar a Cuba en 1962. Muy probablemente, algo semejante estén pensando las Grandes Potencias sobre una potencial guerra entre saudíes e iraníes.

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